El aullido de un cuerno soplado a pleno pulmón avisa a los cowboys de que los generosos cortes de carne de res, dorados sobre la parrilla, están en su punto. Los vaqueros —calzando botos, tocados con sombreros y con sus pantalones condecorados en la zona genital con hebillas del tamaño de un cenicero— echan mano de sus propios cuchillos colgados al cinto para cortar los filetes. No muy lejos de allí esperan ejemplares de la élite bovina bufando en sus compartimentos metálicos, cabeceando contra la valla de protección deseosos de saltar a la arena con uno de estos cowboys encaramados a su joroba y lanzarlo por los aires.

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